La instalación de la multinacional HIF Global en Paysandú, anunciada como la inversión más grande en la historia de Uruguay con 5.300 millones de dólares, ha encendido las alarmas en ambas orillas del río Uruguay. Lejos de la promesa de una transición energética regional, el ingeniero e investigador del CONICET, Martín Meichtry, denunció que el proyecto tiene un carácter puramente extractivo y experimental.
En diálogo con el programa Que vuelvan las ideas (AM530), Meichtry advirtió que la iniciativa carece de antecedentes globales para dicha magnitud, lo que define su carácter «experimental». Bajo esta lógica, la región de Salto Grande funcionaría como una zona de sacrificio para que los mercados del norte global mantengan su perfil de consumo bajo una «etiqueta ecológica».
A diferencia de otros desarrollos energéticos, la planta de Paysandú no contempla el abastecimiento local. Meichtry fue contundente: «Es 100% de exportación para que los autos europeos, sobre todo los de alta gama, puedan seguir usando combustión interna en vez de pasarse a autos eléctricos». Para el experto, la lógica es clara: «Europa se viste verde a costa de nuestro medio ambiente«.
Diferencias con el modelo argentino: ¿Soberanía o extractivismo?
Al comparar el megaproyecto de Paysandú con las iniciativas de hidrógeno verde planteadas anteriormente en Argentina, el investigador Martín Meichtry establece una distinción fundamental basada en el propósito productivo y el destino de la energía, lo que define la tensión entre un modelo de soberanía productiva y uno de extractivismo orientado al mercado externo.
Según explica Meichtry, el proyecto anunciado en su momento para la Argentina tenía como eje central la producción de amoníacos y fertilizantes. El proceso consistía en tomar nitrógeno del aire y combinarlo con hidrógeno verde, lo que representa una alternativa directa al uso de gas natural, que es el insumo utilizado actualmente para estos fines.
Desde una perspectiva estratégica, este enfoque apuntaba a fortalecer el abastecimiento del sector agropecuario nacional y reducir la dependencia de combustibles fósiles en la cadena de valor local. «En el caso argentino era para generar amoníacos, fertilizantes… lo cual es una alternativa a usar gas natural, que es lo que se hace hoy día», detalló el científico.
Por el contrario, el emprendimiento de HIF Global en Paysandú prescinde de cualquier utilidad para el mercado interno de la región. El investigador es categórico al señalar que la planta funcionará bajo una lógica puramente exportadora.
Un laboratorio a cielo abierto: El riesgo de la escala experimental
La magnitud de la planta proyectada por HIF Global no tiene parangón en la industria global de los combustibles sintéticos, lo que refuerza la tesis del investigador sobre su carácter de ensayo. Mientras que la planta piloto de la empresa en Chile produce 1.000 toneladas anuales y el proyecto más avanzado en China alcanza las 20.000, el complejo de Paysandú pretende procesar 830.000 toneladas por año.
Este «salto de escala» masivo se realizará en un entorno que dista mucho de ser el ideal técnico para este tipo de industrias. Meichtry advirtió que, a diferencia de los emprendimientos en Mongolia o el norte de China que operan en zonas desérticas, aquí se interviene un ecosistema de alta biodiversidad y perfil turístico. «No se tiene conocimiento de un proyecto de esta magnitud a nivel mundial. Realmente están experimentando además en este lugar… están aprendiendo a escalar justo en este lugar«, subrayó el científico.
Amenaza directa a las Islas del Río Uruguay y a la costa de Colón
La preocupación ambiental se traduce en distancias alarmantes para la seguridad del ecosistema compartido. Si el estudio de impacto ambiental recibe luz verde, la planta se instalará a solo 3 kilómetros de la ciudad de Colón y a escasos 1.000 metros de la reserva «Islas del Río Uruguay», un área recientemente protegida por el gobierno uruguayo por su valor biológico.
El proceso industrial no solo implica la quema masiva de biomasa, sino también la producción intermedia de metanol, un alcohol altamente tóxico. Meichtry explicó que cada una de las cuatro etapas del proceso (hidrógeno, CO2, metanol y síntesis) genera efluentes líquidos y emisiones gaseosas que impactarán directamente en el corredor del río. «La quema biomasa genera además residuos sólidos que la empresa planea enterrar en el predio contaminando el lugar por vida«, sentenció.
Resistencia civil y el retorno de la tensión binacional
El avance del proyecto, impulsado por una decisión gubernamental uruguaya, no cuenta con el apoyo unánime de la población local. 17.000 vecinos de Paysandú ya han presentado firmas ante la Corte Electoral para exigir un plebiscito departamental, buscando que la ciudadanía decida sobre la transformación del perfil productivo de su región.
En la orilla argentina, la reacción política ha activado los mecanismos de control internacional. El gobernador de Entre Ríos manifestó que llevará el reclamo ante la Comisión Administradora del Río Uruguay (CARU) para evaluar las afectaciones transfronterizas. Esta situación ha reavivado el recuerdo del histórico conflicto por las pasteras, sugiriendo que la región podría estar frente a un nuevo escenario de máxima tensión diplomática.
Para las comunidades que ya han sufrido los efectos de la industrialización sobre el río, la advertencia de Meichtry resuena como una sentencia de soberanía ambiental: mientras Europa se prepara para lucir una etiqueta «verde» en sus vehículos de lujo, el pasivo tóxico y los riesgos experimentales quedarán enterrados a orillas del río Uruguay.
