Ubicada en el departamento de Soriano, Uruguay, la Bodega Barón de Mauá, es única en su tipo ya que depende de un gobierno municipal. No hay otra igual en Latinoamérica.
El pasado viernes 18 de febrero se produjo la llegada de camiones transportando la materia prima en variedades Tannat y Merlot, la que se procesa en forma inmediata, iniciándose la molienda para luego derivar el producto a las piletas de fermentación.
El proceso de elaboración de estos vinos es de los pocos que se realiza en forma totalmente artesanal, bajo la supervisión de un enólogo y siguiendo las fases tradicionales que caracterizan históricamente a la centenaria bodega.
En otras novedades de la bodega municipal, se vienen realizando una serie de reuniones de coordinación con los propietarios de olivares locales, teniendo en cuenta la próxima producción de aceite de oliva con molienda que se realizará entre el 15 y el 30 de marzo, aproximadamente.

Un poco de historia
Cuenta la leyenda que el “famoso Barón de Mauá” -de origen brasileño- había comprado esos terrenos, que rondaban las 30 o 40 hectáreas, en 1857. Si bien para ese momento no se conocían bien sus fines, sí era claro que se trataba de un personaje tan ambicioso como pudiente, que poseía inversiones en todo el mundo: “en ese entonces, era un tipo que dominaba parte de la economía mundial”, apunta Gutiérrez. Lo cierto es que, apenas tres años después, en 1860, comienza la construcción del castillo, en el lugar donde actualmente funciona el museo Alejandro Berro.

Al tiempo, llega a Uruguay una persona que resultaría clave en este entramado: el italiano Bonaventura Caviglia, que le compra al Barón todas sus tierras y comienza, en 1896, la construcción de la actual bodega. A partir de allí, este inmigrante se embarca en la confección de un gran establecimiento productivo -denominado Santa Blanca, en honor a su esposa-, que incluía viñedos, lógicamente, pero también olivares y otros menesteres (entre los que se destacaba el criadero de gusanos de seda). La producción de vino, en esa época, estaba bajo la conducción de su enólogo de confianza: Brenno Benedetti. De hecho, esta actividad productiva fue la principal referente de la estancia, en la que llegó a haber 100 hectáreas de viñedos. Algunas de las variedades plantadas, según detalla el material informativo provisto por la bodega, eran: Tannat Noir, Merlot, Fresia, Gamay de Liverdun, Sauvignon, Semillón, Moscato bianco, Frankenthal, Chasselas, el Barbarossa y el Black Hamburgo, entre otras.

Se dice que la calidad de los productos era tal que sus productos eran comercializados no sólo en Mercedes y Montevideo, sino también en Buenos Aires y Europa. Quizás sea por eso que su aceite de oliva nunca llegó a salir a la calle; debido a su alta calidad, antes de poder comercializarse al público en general, su producción ya estaba vendida en Buenos Aires.
Debido a las pestes que azotaron a la zona, y especialmente a las vides, la empresa dio quiebra a comienzos del siglo XX. Años más tarde, en 1950, el establecimiento es expropiado por el Estado y cedido a la Universidad del Trabajo, para que luego (y finalmente) recaiga en la órbita de la Intendencia de Soriano. Este hecho le otorgó el título de ser la única bodega de América Latina que depende de un municipio, no hay otra.

En vistas de los escasos recursos con los que disponía el gobierno departamental, la bodega comenzó a deteriorarse, principalmente desde el punto de vista edilicio. Si bien nunca cesó su producción de vino, comenzaron a sonar las alarmas y el mensaje de que había que tomar cartas en el asunto era cada vez más fuerte. Todo esto a pesar de los denodados esfuerzos que realizaron las autoridades de turno para obtener el apoyo de inversores nacionales o extranjeros.
Fuente: bodegasdeluruguay.com.uy
