Un análisis profundo sobre el enfrentamiento que redefinió el Cono Sur, las tensiones por la libre navegación de los ríos y el polémico financiamiento del Imperio del Brasil.
La Batalla de Caseros y Urquiza no pueden entenderse únicamente como un choque de personalidades, sino como la resolución violenta de una asimetría económica insostenible. Durante el bloqueo anglo-francés (1845-1850), la provincia de Entre Ríos experimentó un florecimiento inusitado al margen del puerto porteño. Según destaca el historiador Felipe Pigna en el sitio El Historiador, el gobernador Justo José de Urquiza observó «de primera mano» cómo la libre navegación de los ríos dinamizaba la producción local y los ingresos fiscales de su provincia. No obstante, Juan Manuel de Rosas mantenía el control centralizado de la aduana, lo cual representaba un obstáculo para el progreso del Litoral.
En consecuencia, el «Pronunciamiento» del 1 de mayo de 1851 fue el paso formal hacia la ruptura definitiva. Urquiza decidió reasumir las facultades de relaciones exteriores, argumentando que la salud de Rosas y su negativa a organizar constitucionalmente el país ponían en riesgo los intereses nacionales. Por consiguiente, la alianza contra el líder porteño se cimentó sobre una base de reclamos económicos que las provincias de Corrientes y Entre Ríos venían sosteniendo desde décadas atrás.
El polémico financiamiento y la soberanía en juego
Para conformar el llamado Ejército Grande, Urquiza debió pactar con actores internacionales que perseguían sus propios intereses geopolíticos. El Imperio del Brasil proveyó un préstamo mensual de 100.000 patacones por cuatro meses, pero la ayuda se pagó con un alto costo en soberanía. De acuerdo con investigaciones publicadas en el portal Asaih (Asociación Argentina de Investigadores en Historia), Urquiza debió hipotecar rentas y terrenos públicos de Entre Ríos y Corrientes como garantía de este empréstito. Este vínculo financiero generó fuertes críticas en el interior, donde provincias como Córdoba calificaron la alianza como una «infame traición a la patria» al servicio de una potencia extranjera.
Adicionalmente, el ejército plurinacional de 30.000 hombres incluía fuerzas brasileñas, uruguayas y exiliados unitarios, lo que configuró la mayor movilización militar de la historia sudamericana hasta ese momento. En este contexto, autores como Alejandro Rabinovich y Leonardo Canciani señalan que, para Brasil, Caseros representó una «venganza» por la derrota en la batalla de Ituzaingó de 1827. Así, la caída de Rosas estuvo marcada por una dependencia estratégica que condicionaría la futura organización del Estado argentino.
Caseros: Tres horas que cerraron una época
El 3 de febrero de 1852, en los terrenos del actual Palomar, se libró el combate decisivo que duró apenas tres horas debido a la disparidad de fuerzas y la desmoralización rosista. Mientras la artillería de Martiniano Chilavert resistía heroicamente bajo una bandera de lealtad nacional, la infantería y caballería de Rosas se dispersaron rápidamente. Según el reporte del profesor Raúl Omar Chizzolini en el sitio del CPBA, el desenlace fue seguido por una represión brutal donde Urquiza ordenó el fusilamiento de cientos de personas, incluyendo al regimiento de Aquino, cuyos cuerpos fueron exhibidos públicamente.
Finalmente, la huida de Rosas hacia Gran Bretaña inauguró un periodo de caos social, con saqueos masivos en la ciudad de Buenos Aires que revelaron las profundas fracturas sociales del momento. Aunque la victoria permitió sancionar la Constitución de 1853, el país no alcanzó la paz inmediata. Por el contrario, la secesión de Buenos Aires y las guerras civiles subsiguientes demostraron que la Batalla de Caseros y Urquiza solo habían sido el prólogo de una organización nacional que tardaría casi tres décadas más en consolidarse definitivamente.
